4 de noviembre de 2016

Esa parte de mi que dejé ir.

Era el año 2004, me encontraba en 5to de secundaria cuando la conocí. Ella, una chica de cabello ensortijado, ojos brillantes y rostro hermoso y Yo, un nerd medianamente popular por tener buenas calificaciones. Mi tiempo solía ocuparlo en las mañanas en ir al colegio, por las tardes trabajaba en CompuNet, un cybercafé familiar; y por las noches a mis trabajos académicos. En fin, era feliz así y no tenía otros planes hasta finalizar el año y migrar a otra ciudad.

Todos mis amigos la conocían. Quizás me la había cruzado antes pero nunca llamó poderosamente mi atención como esa vez que la vi y me sonrió. Fue un instante indescriptible, su sonrisa, su mirada, el sonido de su voz, todo me atrapó, me enamoró. Por primera vez me dejé llevar por ese sentimiento,  ese delirio que antes ya había tenido por otras chicas, por mis maestras, como todo chico en esa edad. Todo estaba bien, excepto una minúscula cosa; ella tenía enamorado y delante de mi había una fila de de candidatos con intenciones de conquistarla.

Me hice amigo de ella, la veía (desde lejos) en el recreo y a veces nos cruzábamos por el pasillo y nos saludábamos, otras veces chateábamos por MSN. No tenía más opciones para acercarme y conocerla más. Algunas tardes me visitaba en CompuNet, llegaba con sus amigas y alquilaba una PC. Así funcionaba nuestra amistad. Ella me sonreía para saludarme y yo intentaba descongerlar mi cuerpo para gesticular y corresponderle. Me tenía embobado y supongo que mi comportamiento le era gracioso porque a diferencia de otros que la pretendían, conmigo era amable. Era exquisito ver a mis amigos ser  choteados sin vacilación, mellados en su orgullo y desquebrajados en su confianza, ella era perfecta, leal a su enamorado...

De nuestras conversaciones en MSN, hablábamos de nuestras familias, de nuestros gustos y de cosas aburridas que teníamos en común. Algunas veces ella estaba triste, me contaba de él y de los temores de su relación. Ambos se querían, pero él no era muy demostrativo. Yo respeté el pacto de amigos y solo atiné a aconsejarla, a pedirle comprensión y paciencia. Ella era prohibida y ya me había resignado.

El año estaba terminando, tenía que decir adiós a mi colegio, a mis amigos. Debía partir a otra ciudad, prepararme para la universidad y comenzar nuevos retos. Todo lo tenía planeado excepto como despedirme de ella, mi gran amiga inconquistable, sabía que la perdería, que nuestra amistad estaba condenada a desaparecer. Le dediqué una página Web, con algunas fotos que ella me permitió usar. Se la mostré y creo que le gustó. A mi me fascinó, era una forma de tenerla siempre conmigo, probablemente no la volvería a ver. Unos días antes de irme de la ciudad la encontré en MSN, le hablé, le conté de mis sentimientos y ella me choteó como era previsible, era lo que esperaba pero tenía que decírselo. 

Al año siguiente, y los que vinieron durante mi etapa universitaria, me desconecté de todo. Ella aún vivía en mis pensamientos, en mi página web, en mi MSN. Me sentí culpable de haberle fallado y nunca más le volví a escribir. Desde que revelé mi amor camuflado en amistad entendí que era lo mejor para ambos, ella era tierna, encantadora, inteligente y conocería nuevos amigos, pronto me olvidaría. Los años pasaron, ella terminó la secundaria se mudó a otra ciudad y mi historia de amor imposible se perdió en los laberintos de mi memoria. La quise mucho y todavía la quiero, es y será esa parte de mi que dejé ir.



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